El monarca contempla desde una ventana, desolado, como el hermoso jardín de su Palacio, se ha poblado de maleza y malas hierbas; como el sol, la luna y las estrellas continúan sin amanecer sobre su palacio. Entristecido y angustiado mira el reloj de arena donde las horas pasan cada día más deprisa y su corazón se puebla de tristeza, incapaz de sonreír, sabiendo que su tiempo se acaba y nadie acude en su ayuda.
El viejo rey sentado en un silla piensa en el motivo por el que su pueblo no lo quiere. Por qué todos disfrutan del sol, la luna y las estrellas y él que tiene todo no lo puede hacer. Sumido en estos pensamientos estaba, cuando entró en la sala, uno de sus consejeros, que al verle tan derrotado, tan triste, sin pedir permiso se aproximo a él.
- Majestad.
El rey se sobresaltó ante aquel saludo, no esperaba a nadie en aquella oscura habitación, donde las velas en las lámparas de araña, en los candelabros de bronce, nunca se encendían para que el monarca pudiera dedicar largas horas a pensar.
- ¿No ha venido nadie, Elías?
- No Majestad.
Responde aquel caballero. El rey se entristece.
- ¿Pusieron los carteles?
- Sí, majestad, como usted ordeno. Pero nadie ha respondido a ellos.
- ¿Por qué, Elías, por qué?
De nuevo el silencio entra en la habitación. Los dos hombres meditan, las tinieblas siguen poblando el jardín y las gotas de arena continúa cayendo en el reloj, el tiempo apremia.
- Majestad, el pueblo no sabe leer, los carteles de los árboles y puertas no sirven de nada.
El silencio entra de nuevo en la estancia. El monarca sentado en su silla contempla a través de la ventana, como ha contemplado todo el día el abandono de su jardín. Elías, de píes, se siente incomodo, conoce la furia del Monarca y tiene miedo. Nadie osa decir la verdad a este Rey.
- ¿Por qué mi pueblo no sabe leer? Pregunta el monarca atónito.
- Majestad porque usted nunca quiso que su pueblo supiera leer.
- ¿Y por qué nunca quise que mi pueblo supiera leer?
- Por que majestad, afirmaba que un pueblo que sabe leer es muy difícil de regir, porque la gente que le se hace preguntas y eso es muy muy peligroso.
- Y tenía razón, es mejor tener un pueblo ignorante, que no lea, que no se pregunte, que sabios, que lectores o ilustrados que se cuestionen tus decisiones. Y tenía razón, pero ahora es un problema para mí.
El silencio volvió a ser el protagonista de aquella sala, por la que el Monarca con sus manos en la espaldas, paseaba las baldosas de la estancia, en silencio meditabundo, apesadumbrado, sus decisiones del pasado ahora le pasaban a él factura. Si el pueblo hubiera sabido leer, pensaba, quizá alguien hubiera acudido a su llamada.
- ¿Qué hago, Elías, qué hago entonces, como puedo solucionar mi problema?
El noble tiene miedo, que puede decir, que no enoje al Monarca, ahora es él, el que pasea en silencio por aquella habitación; meditando una respuesta que pueda agradar al Rey. El carrillón de un viejo reloj en una sala del palacio dio la hora haciendo volar las campanillas de su carrión, sonido que ilumino el rostro del noble, y enojo al monarca, que no entendía el motivo de aquella sonrisa.
- Majestad envíe a unos de sus criados a anunciar por todas las plazas del reino aquello que dejo escrito en aquel cartel que nadie leyó. Seguro que algún vecino al escuchar sus palabras acude a su llamada.
El Rey mira al noble, cuando este acaba de hablar. Sonríe y sin hablar más, sale de aquella oscura sala. El noble suspira aliviado en la soledad de la Habitación de los Pasos Perdidos.
Autor.- Víctor Hernández Mayoral.
Ilustración.- Imagen creada con Inteligencia Artificial.

