La arena caía en el reloj; mientras la maleza, las malas hierbas se apoderaban del Jardín del palacio de aquel Rey, donde el sol, la luna y las estrellas nunca paseaban.
El anciano monarca contemplaba, desolado, desde un ventana del Palacio; su jardín. En la misma sala el reloj de arena seguía consumiendo el tiempo; quedando muy poca arena ya por caer. Abrumado por el silencio del palacio, por el deterioro de su jardín; el monarca tuvo una idea.
Llamo a su escribano y comenzó a dictarle el siguiente texto:
"Yo, el rey ordeno a aquel vecino de mi reino, que tenga conocimiento de jardinería, que se presente inmediatamente en mi palacio. La recompensa para aquel que obtenga el trabajo será muy generosa. Firmado. Vuestro Rey".
Los copistas de palacio copiaron el texto en varias pliegos blancos.
Aquella, misma, tarde, aparecieron los cárteles clavados en todos los árboles, en las principales puertas de las casas de aquel Reino. Pero ningún vecino, ningún vasallo leyó aquel escrito, ya que ningún vecino sabía leer. El Monarca había olvidado que desde que llegó al trono tuvo un capricho y era que ningún habitante de su reino supiera descifrar lo escrito, por lo que incauto los libros de las casas, y cerró las escuelas, así consiguió un reino de ignorantes a los que regir fácilmente y por eso ningún vasallo pudo leer aquella carta.
Nadie acudió a la llamada, nadie osó cruzar las altas puertas de hierro que facilitaban el paso al Patio de Armas y al palacio de Aquel Rey, que seguí en la más absoluta oscuridad, mientras el reloj de arena continuaba agotando su arena, la maleza se apoderaba de su jardín y el sol, la luna y las estrellas permanecían, sin hacerse presente, en aquel palacio.
Texto.- Víctor Hernández Mayoral.
Imagen.- Creada por Inteligencia Artificial.

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